En el nombre del gofio: Unamuno, la confusión y el marketing oportunista

En la primavera de 1924, Miguel de Unamuno pisaba Canarias por segunda vez en su vida pero, en esta ocasión, lo hacía contra su voluntad: el dictador Primo de Rivera lo desterraba a la isla de Fuerteventura, a los confines de su jurisdicción, lo que a éste debía de parecerle un severo castigo. Sobre lo que vio en la isla durante los pocos meses que anduvo entre los majoreros, el filósofo y escritor vasco dejó algunos escritos; uno de ellos lo dedicó al gofio, alimento de raíz indígena canaria y símbolo identitario de estas islas atlánticas, que, como veremos, ha gozado de tiempos mejores.

El gofio es simplemente el resultado de tostar y moler cereales enteros (complementados o no con legumbres o una pizca de sal), lo que se hace en molinos que “recuerdan a los gigantes contra los que peleó Don Quijote”, literaturizó Unamuno, quien con acierto calificó de “base de la alimentación del pueblo” a este alimento, mayormente consumido con leche o con potajes y caldos. Pero don Miguel fue más allá y apuntó: “es alimento que se recomienda para los niños”, para acto seguido dejar escrito un pasaje un tanto insólito: “los ingleses y norteamericanos se han dado a imitar al gofio poniéndole otra etiqueta y atribuyéndose, industrialmente, su invención”.

Gofio junto al mar (imagen: Celeste Martel)

¿Qué ha sucedido de entonces a hoy? Que el gofio ha perdido protagonismo. El diagnóstico está bien establecido: “productos como los cereales americanos, la bollería industrial o el cacao soluble le han comido el terreno”, especialmente entre los niños. Las razones también han sido estudiadas: sus competidores, a diferencia del humilde y viejuno gofio, se presentan al consumidor “de forma más atractiva tanto a la vista como al gusto”. Es decir, es una víctima más de las bien identificadas y aceleradas transiciones alimentarias que se han vivido en las últimas décadas en todo el planeta, y en las que devienen elementos clave el procesamiento y la mercadotecnia, aspectos a los que el abajo firmante ha dedicado no poco tiempo de estudio e investigación.

Deshaciendo un entuerto

Pese a que, como dijimos, Unamuno vio con sus propios ojos que el gofio era un alimento habitual en la infancia, no es raro hallar hoy personas que reniegan de este uso. Por eso, hace unos meses, le pregunté directamente al reconocido pediatra Carlos González en un foro público en Tenerife si había algún problema porque un bebé tomase cereales integrales, por ejemplo gofio, a partir de los 6 meses, cuando se suele empezar a complementar la lactancia materna con otros alimentos. Su respuesta fue un escueto “no”, acompañado de un gesto de extrañeza.

Mi pregunta iba con toda la intención, pues, además de la mencionada confusión en la calle, alguna guía alimentaria pública hoy obsoleta no lo recomendaba expresamente durante la citada etapa del desarrollo infantil. Días después de aquel episodio recibí un amable correo de una enfermera del Servicio Canario de la Salud, dándome la buena nueva de una reciente recomendación gubernamental que deshace este entuerto y devuelve al gofio a su lugar como alimento susceptible de ser consumido desde la primera infancia, si se quiere.

Los colores de sus rivales

En mis actividades divulgativas ayudando a desentrañar nuestra cesta de la compra, suelo utilizar un recurso efectista: el cara a cara entre un modesto paquete de gofio y, por ejemplo, Mi primera galleta, metáfora del tsunami alimentario actual que busca impactar ya no en la infancia, sino en la primera infancia (y en sus progenitores), y para ello usa un verdadero arsenal de reclamos, como: “desarrollado por pediatras”, “ideal para disolver en biberón”, “rico en nosecuantas vitaminas y minerales”; en fin, un aparente dechado de virtudes.

Ocurre que si a ambos contendientes les pasas un modelo científico del siglo XXI para traducir el contenido de un producto alimentario a un código entendible por la gente, como el vigente Semáforo Nutricional británico, el antiguo gofio resulta trufado de colores verdes y la secidente primera galleta, de rojos. ¿Qué cómo es posible? Aquí te doy un par de pistas, desocupado lector.

Unamuno en camello, en Fuerteventura

El prestigio usurpado

Lograr un buen posicionamiento comercial de cualquier producto es cuestión vital para su supervivencia y por eso, en el sector alimentario globalizado que, para bien y para mal, nos alimenta, no se deja pasar ninguna oportunidad. Y si para ello es preciso valerse del prestigio de un alimento distinguido con una Indicación Geográfica Protegida, como es el caso del gofio, pues se hace.

Así, de un tiempo a esta parte, pueden encontrarse en anaqueles de supermercado o en ferias gastronómicas en suelo canario productos ultraprocesados de factura local en forma de cereales azucarados o barritas energéticas para deportistas que lucen la palabra ‘gofio’ en sus envases, aunque su procesamiento diste enormemente del de éste o sus ingredientes estén copados por jarabes de glucosa y de fructosa.

Ni siquiera un cráneo privilegiado como el de Don Miguel de Unamuno, cuando señaló que ingleses y norteamericanos se estaban atribuyendo indebidamente el prestigio del gofio, hubiese sido capaz de atisbar lo que iba a suceder casi cien años después: vendemos lo mismo que ellos pero la atribución indebida ya la hacemos nosotros.

Por Félix A. Morales,

Salud y suerte.

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